Cada día
vemos coches aparcados en plazas reservadas para personas con movilidad
reducida, ocupados por gente que no tiene ningún problema físico. También
ocurre en bares, centros comerciales o conciertos, donde los baños adaptados se
usan como almacenes o donde las zonas reservadas para personas con discapacidad
están mal ubicadas y apartadas del resto.
Además,
muchas veces solo nos permiten acudir con un acompañante, impidiéndonos
disfrutar de actividades con nuestro grupo de amigos como cualquier otra
persona joven. Aún hoy existen muchísimos lugares que no están adaptados, y eso
nos limita constantemente. Lo más triste es sentir que tenemos que luchar por
derechos básicos mientras otras personas no respetan ni entienden las
dificultades que vivimos cada día. Los espacios adaptados no son privilegios,
son necesidades.
El otro día
salí con mis hermanas a un centro comercial llamado Gran Plaza, en Majadahonda.
Quise ir al baño reservado para personas con movilidad reducida y dentro había
una persona sin discapacidad. Mi hermana María, con toda la educación y el
respeto del mundo, le dijo amablemente que esos baños estaban reservados para
personas con movilidad reducida.
La persona
que estaba dentro del baño se enfadó muchísimo con mi hermana. Empezó a
gritarle y a meterse con ella sin tener ninguna razón. Todo ocurrió en mitad
del centro comercial. Finalmente, vino un miembro de seguridad del centro
comercial y, al verlo, aquella señora se marchó, sabiendo perfectamente que no
tenía razón.
La verdad es
que, cuando pasan este tipo de cosas —que pienso que hoy en día no deberían
ocurrir—, me voy a casa muy afectada anímicamente. Situaciones como esta
ocurren constantemente y demuestran la falta de empatía y conciencia que
todavía existe en la sociedad. Muchas personas no entienden que estos espacios
no están hechos por comodidad, sino por necesidad.
Es verdad que la sociedad ha mejorado mucho en temas relacionados con la discapacidad, pero todavía queda muchísimo por mejorar. Por eso, al llegar a casa después de lo ocurrido y contado en estas líneas, me he animado a escribir este artículo para ver si, entre todos, conseguimos normalizar más estas situaciones y aprender a respetar las necesidades de las personas con discapacidad. Pido más respeto, más empatía y más conciencia hacia las personas con discapacidad, porque todos merecemos vivir con dignidad y tener las mismas oportunidades.

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